Octubre de 2008. Estocolmo. Un par de suecos llamados Daniel Ek y Martin Lorentzon acaban de abrir Spotify al público en Europa y la pregunta que todo el mundo en la industria musical se está haciendo no es “¿va a funcionar?” sino “¿cuánto tiempo tenemos antes de que esto nos quite el negocio?”
La respuesta correcta era ninguno. Pero eso todavía no lo saben.
El modelo es simple hasta ser ridículo: stream ilimitado de música, gratis con anuncios o de pago sin ellos. Sin descargar nada. Sin iTunes, sin ir a la tienda, sin Limewire con sus virus y sus carpetas llenas de canciones que dicen ser de Metallica y resultan ser audios de una boda en Puebla. Solo abres la app, buscas lo que quieres y suena. Instantáneo. Todo.
La industria discográfica lleva años en modo pánico desde que Napster les demostró que la gente no tiene problema en no pagar por música si el proceso de no pagar es más fácil que pagar. La respuesta de la industria fue demandar adolescentes, cerrar plataformas y vender canciones por 99 centavos en iTunes como si eso fuera a sostener el modelo para siempre. Spoiler: no era sostenible.
Spotify leyó el problema correctamente: la piratera no es un problema moral, es un problema de conveniencia. Si le das a la gente algo más conveniente que piratear, la gente paga. O aguanta anuncios. Cualquiera de las dos opciones es infinitamente mejor que lo que la industria estaba haciendo sola.
El catálogo de lanzamiento es impresionante para ser un servicio nuevo. Las majors firmaron —a regañadientes, con contratos que probablemente leyeron tres veces buscando la trampa— porque necesitaban ingresos y el modelo de descarga estaba cayendo. Cedieron streaming rights a cambio de regalías por reproducción que hoy parecen razonables y en cinco años van a parecer el peor contrato firmado desde que alguien le vendió Manhattan a los holandeses por 24 dólares en cuentas.
¿Va a funcionar? En Europa parece que sí. ¿Va a llegar a Estados Unidos? Esa es la pregunta real, porque sin el mercado americano esto sigue siendo un experimento escandinavo interesante. Las negociaciones con las discográficas americanas son otro nivel de complicado y el lobby de la industria en ese país tiene más poder del que debería tener cualquier industria en declive.
Pero el modelo es correcto. Eso es lo que importa hoy. Cuando el modelo es correcto, los detalles se resuelven solos eventualmente.
La música nunca volvió a venderse igual después de Napster. Después de Spotify tampoco va a volver a distribuirse igual. Dos disrupciones en menos de una década para la misma industria. Hay gente en Sony Music y Universal que lleva ocho años sin dormir bien y hoy tienen una razón más.
— Golfizta
